jueves, 23 de enero de 2014

¿Por qué el avance indetenible de la Celac?

La Celac dirige sus esfuerzos a crear mecanismos para combatir el hambre y la pobreza que padecen más de 50 millones de personas en la región, por medio de la concertación económica y financiera entre sus 33 miembros, con un enfoque social, cultural y político, aprovechando los inmensos recursos naturales de esta área geográfica.Escrito por
¿Cómo la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), ha logrado impresionantes avances en solo dos años, pese a los denodados esfuerzos de Washington por sabotearla?

La Casa Blanca ha movido todos los resortes a su alcance para tratar, inútilmente, de frenar a ese mecanismo integrador, que reúne a todos los países independientes del continente, salvo Canadá y los Estados Unidos de Norteamérica.
El imperio ha tratado de arrancarle a la Celac algunos miembros de las costas occidentales de Centro y Suramérica, por medio de la Alianza del Pacífico, un bloque regional constituido por México, Colombia, Perú y Chile.
¿Acaso es malo que se unan las naciones de la costa americana del Pacífico? Por supuesto que no, mientras sea sobre bases justas y equitativas.
Pero la “Declaración de Lima”, documento inicial de la alianza, precisa que el propósito es “avanzar progresivamente hacia el objetivo de alcanzar la libre circulación de bienes, de servicios, capitales y personas”, es decir, hacia la integración exclusivamente comercial, económica y financiera, sin considerar las esferas social, cultural y otras. Puro neoliberalismo.
No es casual que los cuatro países que la integran tengan tratados de libre comercio con los Estados Unidos, esos despojos mortales del Alca (Alianza de Libre Comercio para América), que aún deambulan cual zombis por el continente.
Esa alianza entraña condicionamientos neoliberales incompatibles con una integración regional como la que propugna la Celac, y está diseñada, básicamente, para imponer a sus miembros desregulaciones que hagan prácticamente imposible el control de sus economías y el intercambio equitativo con sus vecinos.
Es como si al pequeño David le quitaran su honda: no tendría ninguna oportunidad frente al gigante Goliat.
Washington también está intentando revitalizar a la Organización de Estados Americanos (OEA), para contraponerla, desde el ángulo político, a la Celac.
Usted se preguntará: ¿Es malo que pertenezcan todas las naciones de Las Américas a una misma organización? Desde luego que no, mientras sea una entidad verdaderamente democrática, donde no haya un par de miembros que impongan las condiciones, sobre la base de su capacidad económica y militar.
Cierto que la OEA ha cambiado. Ya no es la reunión de gobiernos entreguistas y dictaduras serviles de los años 60 del siglo pasado. Ahora, hay muchas voces disidentes frente al mandato del imperio. Pero, de todas formas, no es, ni podrá ser, el ámbito adecuado para la integración regional, por su carácter básicamente político y por la citada diferencia entre sus miembros.
La Celac, por lo contrario, dirige sus esfuerzos a crear mecanismos para combatir el hambre y la pobreza que padecen más de 50 millones de personas en la región, por medio de la concertación económica y financiera entre sus 33 miembros, con un enfoque social, cultural y político, aprovechando los inmensos recursos naturales de esta área geográfica.
Por eso, la Celac ha ganado muy rápidamente el protagonismo entre los esfuerzos integradores de la región, liderazgo que debe ser consolidado, la semana entrante, en la cumbre de La Habana.
En ese empeño, coincide con los intereses de otros mecanismos integradores, que le sirven de antecedentes, como el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (Alba), y la Unión de Naciones de América del Sur (Unasur).
Pero no bastarán los afeites a su tradicional ministerio de colonias para convertirlo en alternativa a los auténticos movimientos integradores que han surgido en el continente.
México es el más evidente ejemplo de cómo el “libre comercio” entre pobres y ricos tiene un enorme costo económico, social y político. Es como la clásica pelea entre el león y el mono con las manos atadas a la espalda

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