¿Cómo la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), ha logrado impresionantes avances en solo dos años, pese a los denodados esfuerzos de Washington por sabotearla?
La Casa Blanca ha movido todos los resortes
a su alcance para tratar, inútilmente, de frenar a ese mecanismo
integrador, que reúne a todos los países independientes del continente,
salvo Canadá y los Estados Unidos de Norteamérica.
El imperio ha tratado de arrancarle a la
Celac algunos miembros de las costas occidentales de Centro y
Suramérica, por medio de la Alianza del Pacífico, un bloque regional
constituido por México, Colombia, Perú y Chile.
¿Acaso es malo que se unan las naciones de
la costa americana del Pacífico? Por supuesto que no, mientras sea sobre
bases justas y equitativas.
Pero la “Declaración de Lima”, documento
inicial de la alianza, precisa que el propósito es “avanzar
progresivamente hacia el objetivo de alcanzar la libre circulación de
bienes, de servicios, capitales y personas”, es decir, hacia la
integración exclusivamente comercial, económica y financiera, sin
considerar las esferas social, cultural y otras. Puro neoliberalismo.
No es casual que los cuatro países que la
integran tengan tratados de libre comercio con los Estados Unidos, esos
despojos mortales del Alca (Alianza de Libre Comercio para América), que
aún deambulan cual zombis por el continente.
Esa alianza entraña condicionamientos
neoliberales incompatibles con una integración regional como la que
propugna la Celac, y está diseñada, básicamente, para imponer a sus
miembros desregulaciones que hagan prácticamente imposible el control de
sus economías y el intercambio equitativo con sus vecinos.
Es como si al pequeño David le quitaran su honda: no tendría ninguna oportunidad frente al gigante Goliat.
Washington también está intentando
revitalizar a la Organización de Estados Americanos (OEA), para
contraponerla, desde el ángulo político, a la Celac.
Usted se preguntará: ¿Es malo que
pertenezcan todas las naciones de Las Américas a una misma organización?
Desde luego que no, mientras sea una entidad verdaderamente
democrática, donde no haya un par de miembros que impongan las
condiciones, sobre la base de su capacidad económica y militar.
Cierto que la OEA ha cambiado. Ya no es la
reunión de gobiernos entreguistas y dictaduras serviles de los años 60
del siglo pasado. Ahora, hay muchas voces disidentes frente al mandato
del imperio. Pero, de todas formas, no es, ni podrá ser, el ámbito
adecuado para la integración regional, por su carácter básicamente
político y por la citada diferencia entre sus miembros.
La Celac, por lo contrario, dirige sus
esfuerzos a crear mecanismos para combatir el hambre y la pobreza que
padecen más de 50 millones de personas en la región, por medio de la
concertación económica y financiera entre sus 33 miembros, con un
enfoque social, cultural y político, aprovechando los inmensos recursos
naturales de esta área geográfica.
Por eso, la Celac ha ganado muy rápidamente
el protagonismo entre los esfuerzos integradores de la región,
liderazgo que debe ser consolidado, la semana entrante, en la cumbre de
La Habana.
En ese empeño, coincide con los intereses
de otros mecanismos integradores, que le sirven de antecedentes, como el
Mercado Común del Sur (Mercosur), la Alianza Bolivariana para los
Pueblos de América (Alba), y la Unión de Naciones de América del Sur
(Unasur).
Pero no bastarán los afeites a su
tradicional ministerio de colonias para convertirlo en alternativa a los
auténticos movimientos integradores que han surgido en el continente.
México es el más evidente ejemplo de cómo
el “libre comercio” entre pobres y ricos tiene un enorme costo
económico, social y político. Es como la clásica pelea entre el león y
el mono con las manos atadas a la espalda
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